Cada día es Fulana, Merengana o Perengana. El humillante, doloroso y aterrorizador ultraje a cualquier mujer sólo ella puede describirlo al ser golpeada, torturada o violada. Para las que apenas militamos por convicción a voz en cuello la lucha en contra de la violencia de cualquier origen y particularmente, contra la infancia, la adolescencia y la mujer, nos mueve la indignación y la impotencia cada vez que nos enteramos que sucede. Y sucede. Y sucede. Y se repite. Y reincide. Y otra vez...
Puto mundo de la justicia en manos de la burocracia del horario, de la acumulación de expedientes, de las idas a la prueba forense, las venidas a la defensoría, la jaqueca del oficial de diligencias o la triquiñuela de la imperfección de la ley o la libre imaginación de la interpretación para darle largas a la condena y sanción ejemplarizadora del malnacido que debería chamuscársele el cerebro cada vez que se le ocurra levantarle una mano a la víctima de turno.
Hoy, particularmente, tuve náuseas. Recibo correos por montones de reenvíos y cadenas que del sólo asunto sin gracia, borro sin abrir. Pero nadie me mandó la conmovedora carta de Marie Danielle Demélas, una mujer cualquiera de nosotras, contando el drama insospechado que sufrió su hija, agravado por la omisión de ayuda, indefensión, incumplimiento de deberes y todas las agravantes penales que agregó la gloriosa Policía Nacional al retenerla seis horas sin comunicarla con su familia ni buscarle asistencia médica.
He aquí la carta de la madre de la muchacha vejada:
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